Un amplio paisaje que va de los corrales a las llanuras, se extiende desde el silencio que se ve como una intrasubjetividad puesta en escena en los grupos pequeños. Esta vinculación tiene una urdimbre semejante a las conexiones del transporte público urbano. Allí, las personas, los árboles y las plantas tienen la certidumbre de estadísticas en sus desplazamientos, tal como la proliferación de olas en la corriente que pasa a la izquierda del malecón, en el sector de la roca de los suicidas y los soñadores de atardecer. Paisajes inventados como experiencia sin memoria ni deseo. Borrador que puede llevar a otras orillas con el riesgo de distintas miradas, observadoras y precursoras de la fragilidad.